Desde octubre de 2024 he leído la misma crítica muchas veces: «el dueño de menéame insulta a los usuarios». Es una frase potente, populista, fácil de compartir y difícil de matizar. Nunca aparece el contexto. Nunca se explica la acumulación previa, las provocaciones sostenidas o la dinámica tóxica repetida que termina generando la reacción.
Esa dinámica fue grave en mi caso, nada más llegar, a base de calumnias y difamaciones que incluían mi vida privada. Afirmaciones, con la una publicidad intensa –e incluso delirante– del perpetrador, y que no tenían nada que ver con mi realidad. Para neutralizarlas debería explicar la verdad, privada, y no lo hice –ni lo haré– porque un puto cáncer (cursivas por habla figurativa) quiera eliminarme del mapa.
No bajé al barro mí sino por demasiadas personas que sufren casi lo mismo en menéame cada día. Para mí es doloroso, pero al final formo parte del invento y hacía falta hacer algo.
Ya.
Imaginad qué significa, para el producto menéame, tener gente tan tóxica moviéndose sin que no esté claro que nadie, en el staff de menéame, lo vea con el rechazo que merece.
Que la cúpula no diga nada ante la toxicidad manifiesta, en un mercado de conversaciones –que es lo que es menéame–, significa una decepción importante en cuanto al producto.
Las cosas no se dicen, se hacen. Hacía falta que parar los pies a los tóxicos.
Ya.
O la reacción de la comunidad sería –lo fue en el pasado– decir «no hay nadie al volante». Es lo que me propuse cambiar con un perfil alto. Sin filtros hipócritas ni «soy un señor HINPORTANTE que lee el faɪˈnænʃəl taɪmz».
Cuando regresé activamente a Menéame (el verano de 2024), antes de intervenir en nada, hice algo muy simple: pregunté. Hablé con varias personas que consideraba equilibradas, usuarios veteranos que no vivían del conflicto permanente. Les pregunté cómo veían el ambiente. La respuesta fue inquietante y coincidente: el espacio estaba dominado por una dinámica de odiadores organizada, constante, desgastante. No necesariamente mayoritaria, pero sí suficientemente persistente como para marcar el tono. Mucha gente valiosa participaba menos o directamente se había ido.
Pero, milagrosamente, menéame sobrevivía.
Ese diagnóstico marcó mi posición. No estaba ante desacuerdos normales. Estaba ante patrones de desgaste sistemático. Y cuando el desgaste se normaliza, la cultura empieza a inclinarse hacia quien más insiste.
Bajar al barro no fue un gesto impulsivo –aunque sí, creo fuertemente en el principio «eat your own dog food». Fue una decisión consciente. Podía haber optado por la distancia institucional, por limitarme a lo formal, por delegar. Algo tipo señorito andaluz. O madrileño. Los vascos no funcionamos así. La mitad de mi DNA es vasco: si quien que tiene responsabilidad observa que un grupo pequeño consigue condicionar el tono general mediante presión tóxica constante, no intervenir también es una decisión. Y nada neutral.
Cuando reaccionaba no lo hacía para ganar una discusión concreta. Lo hacía para marcar un límite cultural. En «The Art of War» se explica que el general no lucha por orgullo, sino por posición. Marcar posición significa definir el terreno. Si no se marca, el terreno lo define quien más persevera.
La reacción siempre es lo más visible. Una captura aislada circula mejor que meses de provocaciones. La frase final siempre parece más agresiva que el proceso que la precede. Esa asimetría es estructural en internet.
¿Era arriesgado? Sí.
¿Podía traer problemas legales? También.
¿Era más cómodo no hacer nada? Sin duda.
Pero también es más frágil una comunidad donde el comportamiento tóxico aprende que nadie le confrontará directamente. ¿Control mediante protección paternalista: «que no te hagan daño; no te hagas daño»? Yo no puedo con eso.
Desde el verano, el modelo en menéame ha cambiado. Se ha optado por más protocolización, más control preventivo, más medidas estructurales: normas más detalladas, fricción adicional en la participación, intervención más centralizada, incluso propuestas de acceso restringido por invitación.
Es una forma de responder.
No es la mía.
He perdido.
Yo pensaba —y sigo pensando— que la cultura se fortalece cuando la conversación pone a cada uno en su sitio, no cuando el sistema se blinda cada vez más. Pienso en la necesidad de un sistema que proclame quién es cada cuál, en vez de esconderlo.
Pero ellos han ganado.
El resultado son medidas que, aunque buscan estabilidad, no me parecen lo mejor para menéame a largo plazo.
Pero eso será para otro apunte de blog.
Imagen: De Priscilla Du Preez 🇨🇦 en Unsplash




