Cuando señalar el maltrato se convierte en motivo de silencio

Menéame

Este texto no va de egos, ni de peleas personales, ni de nostalgia. Va de cómo se gobierna una comunidad, de qué principios la sostienen y de qué ocurre cuando esos principios empiezan a cambiar.

Menéame no es solo una plataforma tecnológica. Es una comunidad con más de veinte años de historia, construida sobre una idea muy concreta: aquí se puede hablar claro. Incluso cuando incomoda; incluso cuando genera conflicto.

Esa idea tuvo costes. Pero también tuvo sentido.

Aforamiento y protección funcional

En muchos ámbitos donde existe responsabilidad pública —política, justicia, arbitraje— existen mecanismos pensados para que determinadas personas puedan señalar problemas sin sufrir represalias inmediatas.

No son privilegios personales. Son protecciones funcionales.

Durante años, en Menéame existieron figuras con ese estatus. Su función era clara: poder advertir de dinámicas dañinas, de abusos organizados o de comportamientos tóxicos sin que el sistema reaccionara castigando al mensajero.

Tras muchos años actuando desde esa posición, seguí comportándome de facto como si esa protección siguiera existiendo. No por inercia ni por privilegio, sino para observar directamente lo que estaba ocurriendo, identificar y señalar dinámicas e individuos notablemente tóxicos para la comunidad.

El resultado no fue discutir mi diagnóstico, sino redefinirme retroactivamente como un simple usuario no aforado y tratar de invalidar lo que decía reduciéndolo a una etiqueta conveniente: «el dueño».

No se respondió al fondo. Se intentó callar al mensajero cambiando el marco.

Ser accionista no es ser «el dueño»

Con frecuencia se me ha descrito como «el dueño». No es una palabra neutra. Es una etiqueta cargada de intención, porque evoca caciquismo, arbitrariedad y abuso de poder.

La realidad es mucho más simple:

  • Soy socio con un 25,1 % del capital;
  • como cualquier accionista, quiero que el proyecto funcione;
  • tener acciones no te convierte en la empresa, igual que tener acciones de una cotizada en bolsa no te convierte en ningún «dueño» de ella.

Reducir una crítica estructural a la figura del «dueño» es una maniobra semántica. No sirve para debatir el fondo, sino para evitarlo. Se utiliza para deslegitimar lo que se dice sin tener que discutirlo, y para ridiculizar a quien no se limita a opinar desde la distancia.

Porque lo que realmente molesta no es la crítica, sino desde dónde se formula.

Cuando alguien no se queda en el palco, cuando no habla en abstracto, cuando entra, observa y participa en el día a día de la comunidad, deja de ser cómodo. Entonces ya no se discute si hay un problema, sino si esa persona «debería estar ahí».

Pero en una comunidad los problemas no se detectan desde arriba. No aparecen en informes ni en resúmenes ejecutivos. Se ven estando dentro.

Bajar al barro como método

Mi manera de entender productos y comunidades parte de un principio muy básico: eat your own dog food. O, dicho sin rodeos: bajar al barro.

Las dinámicas que deterioran una comunidad no se detectan con métricas agregadas ni con presentaciones de PowerPoint. Se ven:

  • En los comentarios,
  • en las respuestas en cadena,
  • en los silencios forzados,
  • participando y viendo cómo te tratan a ti, quién, por qué y cómo. Lo que te hacen a ti se lo harán a cualquier otra persona.

Si no estás ahí, no lo ves. Y si no lo ves, no lo corriges.

Bajar al barro no es un exceso. Es una obligación cuando el producto es comunidad. Si fuésemos una planchistería, bajaría al foso del taller. Cuando desarrollaba software para almacenes, me montaba en el toro, con el torero, desayunaba con los camioneros y me sentaba en la oficina para escuchar que los palets de agua mineral no podían estar cerca de los de detergente en polvo.

Provocación, reacción y relato

Cuando se baja al barro de una comunidad, ocurre algo previsible: la provocación existe. A veces es explícita, a veces sistemática, a veces diseñada para provocar una reacción.

Cuando esa reacción llega, el patrón suele repetirse: se descontextualiza, se aísla y se amplifica únicamente la respuesta, como si hubiera surgido de la nada.

El foco deja de estar en lo que se estaba denunciando y pasa a colocarse en el carácter, la edad, «el dueño», el tono o el supuesto estado mental de quien responde.

Así, una reacción humana y contextualizada se convierte en el relato de una «rabieta», de una «ida de olla» o de una falta personal.

Es un mecanismo conocido para evitar discutir el fondo.

Conviene recordar, además, hasta qué punto ha cambiado el proyecto los últimos años. Hubo un momento en que Menéame estaba dispuesto a llegar al Tribunal Constitucional para defender que, en determinados contextos, «hijo de puta hay que decirlo más», reforzando la libertad de expresión como parte del ‘producto Menéame’.

Ese contraste no es anecdótico. Es cultural.

Ese desplazamiento del foco no es accidental: es una forma eficaz de neutralizar la crítica sin responder a ella.

Reacción no es provocación

Reaccionar ante el maltrato no es provocar. Y hacerlo desde una posición visible no debería interpretarse como abuso, sino como responsabilidad.

Cuando alguien con capacidad de influencia no reacciona ante dinámicas abusivas, el mensaje que recibe la comunidad es claro: está desprotegida. Si ni siquiera quien es percibido como «el dueño» puede reaccionar a los maltratos, ¿qué me sucederá a mí?

Esto no es distinto de lo que ocurre fuera de Internet. Si la autoridad no frena a quienes intimidan, el problema no desaparece: se normaliza.

Qué significa realmente gestionar el disenso

En un producto que es, ante todo, comunidad, la función del CEO no se limita a mejorar ingresos. Haber mejorado la facturación es un mérito real, que conviene reconocerle.

Pero gobernar una comunidad implica algo más.

Gestionar el disenso no consiste en hacerlo desaparecer ni en neutralizarlo por agotamiento. En una comunidad, gestionar el disenso es impedir que los grupos organizados que presionan o intimidan se vengan arriba.

Eso implica marcar límites claros, proteger a quienes participan de buena fe –sea cual sea su ideologia– y asumir que la discrepancia forma parte del propio producto ‘Menéame’. Cuando esa función falla, el disenso no se resuelve: se transforma en miedo, abandono o ruido tóxico.

Conviene insistir en algo: el disenso no es lo mismo que las prácticas tóxicas a las que me refiero en este artículo.

Un relato incorrecto que conviene aclarar

En los últimos días se ha repetido que yo habría pedido la destitución del CEO por los mismos motivos que otro socio que ya no forma parte del proyecto. Conviene aclararlo con precisión.

Sí, pedí «cabezas». No pedí «su cabeza».

Planteé la necesidad de reforzar la dirección del proyecto, pero eso no implicaba necesariamente un despido. Podía significar un cambio de rol. Pedí la incorporación de una figura más fuerte al frente. No entré en más detalles porque era un planteamiento prematuro y abierto. Llegado el momento, lo más razonable sería una redistribución de responsabilidades tras ese año y pico de ver cómo va cada quién y cada cual.

Respecto a la moderación, siempre sostuvimos internamente un criterio claro: no intervenir por sistema, dejar trabajar a los equipos y evitar purgas constantes. Estabilidad. Pero ese principio tenía una condición explícita: si los resultados no eran los esperados, había que cambiar cosas. Eso estaba ocurriendo —no de forma generalizada, pero sí de manera preocupante en el caso de algunos moderadores.

Ante esas irregularidades, semanas atrás pedí poder observar la moderación desde dentro para entender mejor qué estaba pasando. Esa posibilidad nunca se me concedió. No era casualidad: más tarde, con la retirada de todos mis privilegios, tampoco podía observar lo que sucedía en la comunidad desde ninguna posición significativa.

«Pedir cabezas» ocurrió en un contexto de enfado y tensión, tras lo que percibí como un golpe de estado interno. No lo oculto –el día que esas acciones desproporcionadas no me indignen será por una infección tipo PLUR1BUS.

Confundir ese contexto emocional con el contenido real de lo que quise decir es desvirtuar los hechos. Dado que este es el único espacio donde puedo exponer mi versión completa de los hechos, aquí queda.

En el caso del otro socio —con el que ahora se me equipara—, lo que ocurrió fue algo distinto: se exigía públicamente al CEO que hiciera algo imposible y se pedía su destitución en abierto. Mi posición entonces fue exactamente la contraria: defender al CEO, porque cargar contra él por no cumplir un imposible era una deslealtad con el CEO.

Equiparar ambos escenarios no es una confusión inocente. Sirve para deslegitimar cualquier crítica estructural y para presentar toda revisión de la gobernanza como un ataque personal.

Ahora soy yo quien se queja de deslealtad.

Autoridad y silencio

Hay, además, un efecto que conviene señalar y que va más allá del episodio concreto.

Mientras yo no puedo participar en Menéame, mientras no tengo posibilidad de matizar ni de responder nada dentro de la comunidad, se sigue repitiendo públicamente un relato que me atribuye intenciones que no he tenido.

Eso no es neutro.

Ahora soy yo quien se queja de deslealtad (bis).

Cada repetición de ese relato mientras yo estoy silenciado erosiona mi credibilidad futura dentro del proyecto. Fija una versión interesada de los hechos sin contraste posible y convierte cualquier intervención posterior en una rectificación a la defensiva.

Eso no es gestionar el disenso. Es precondicionar el silencio.

Y en una comunidad, el silencio impuesto no apaga los conflictos: los desplaza, los cronifica y los empeora.

Es razonable pensar que muchos usuarios observan la situación y se preguntan: «Si ni siquiera quien es percibido como ‘el dueño’ puede reaccionar a los maltratos, ¿qué me sucederá a mí?»

Pero no es todo: los maltratadores tienen ventaja.

Con ese escenario montado desde el verano, ¿qué puede ir mal en la comunidad? Todo.

Cambio de paradigma en la relación con los tribunales

Aquí aparece el punto que, a mi juicio, marca un antes y un después.

Se ha planteado que quien amenace con denunciar a Menéame o acuda a la vía judicial será expulsado de la comunidad.

Este punto no es una norma más. Es una declaración de principios. Y entra en conflicto directo con lo que Menéame ha sido históricamente.

Durante años, Menéame no tuvo miedo de los tribunales. Muy al contrario: entendió la vía judicial como un espacio más donde defender la libertad de expresión frente a abusos.

Como CEO entre 2006 y 2015, y posteriormente hasta 2018 y sin ser CEO, acudí a innumerables juicios derivados de querellas, muchas de ellas promovidas por trolls querulantes. Todos esos procesos se ganaron. Y no solo se defendió a la plataforma, sino también a usuarios querellados por expresarse dentro de ella.

No fue cómodo.
No fue barato.
Pero fue coherente.

La justicia no se vivió como una amenaza, sino como una oportunidad para fijar límites a quienes intentaban silenciar mediante el abuso del sistema legal.

Expulsar ahora a quien recurre o amenaza con recurrir a la justicia supone un giro radical: se pasa de defender el derecho a hablar claro a penalizar el ejercicio de un derecho fundamental, el de la tutela judicial efectiva, reconocido en el artículo 24 de la Constitución Española.

Una comunidad puede fijar normas de convivencia. Lo que resulta problemático es exigir, de facto, renunciar a la vía judicial como condición para participar.

Eso deja a los usuarios en indefensión y convierte el conflicto en algo que debe ocultarse, no resolverse.

Confundir calma con silencio

Gobernar una comunidad desde el miedo preventivo —al conflicto, al ruido o a los tribunales— conduce inevitablemente a confundir:

  • Calma con silencio,
  • orden con miedo,
  • estabilidad con ausencia de crítica.

Pero retirar la voz a quien señala problemas no los soluciona. Solo los desplaza.

Cierre

No escribo este texto para recuperar privilegios ni para reabrir batallas. Lo escribo para dejar constancia tras ver cuánto se habla de mí en Menéame sin que yo pueda decir nada allí mismo.

Porque una comunidad sana no es la que no tiene conflicto, sino la que sabe gestionarlo sin castigar a quien lo señala.

Y porque el Menéame que asumía riesgos para defender la libertad de expresión no debería convertirse en esto.


Imagen de la cabecera: foto de Jason Leung en Unsplash

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